martes, 27 de noviembre de 2012

Personal trainer


 El stand up es tema de debate y genera amores y odios. Leo Camiser cuenta qué implica ser standupero, qué hacer si el público no se ríe y por qué piensa que el género se puso tan de moda en estos últimos años.

Txt María Eugenia Mastropablo

No es gracioso. Dice las cosas con gracia, que es diferente. Esta es la frase ideal para presentar a Leo Camiser un, como se dice en la jerga del ambiente, standupero que destaca entre los cientos por el valor agregado que le adicionó a sus shows: canciones. Además, actualmente, está produciendo, actuando y haciendo la música de Necesito un tiempo, su primera serie online.

Camiser cuenta que una persona “nace con ciertas características de su personalidad, de su forma de ser”  para hacer stand up “como la rapidez mental y la capacidad de observación” pero que, después, “uno se forma como comediante con el estudio, la práctica y la experiencia”. “Hay personas que porque son graciosas dentro de un grupo de amigos piensan que pueden subirse a un escenario y hacer reír. Ser un comediante no es sólo contar cosas de tu vida. No estoy de acuerdo con los que dicen que el stand up es una forma de hacer terapia, como así que como los que dicen que ir al gimnasio es una forma de hacer terapia. Yo creo que son complementos que pueden funcionar pero que hay que ir psicólogo. Yo soy de los que piensan que hay que cuestionar no sólo sacar a fuera”, sentencia. 

¿Qué pasa si el público no se ríe?

Te diría que casi nunca me pasó. En alguna función tuve el público que se ríe para adentro, queda más lindo decirlo así. En esos casos uno se tiene que plantar en el escenario y hacer su rutina igual. Hay una sensación cuando la gente no se ríe, o te está yendo mal, de que uno se quiere sacar el texto de encima para irse del escenario. Pero tenés que bancártela y ser inteligente, tener la capacidad para decir: “Bueno, esto así no está funcionando, ¿por dónde puedo ir?”. También hay recursos, que se aprenden con la práctica, para captar al público, hay que generar interés. El principio y el final tienen que ser bien power. Básicamente, si la gente no se ríe es bancártela y no salir corriendo. Si tenés poco material te la aguantás e intentás seguir para adelante para ver si alguno se prende. Y si tenés la posibilidad, porque sos más avanzado, de tener más material, cambiás un par de cajones de lugar, te armás de nuevo y retomás. Cuando termina el show, hacés tu autocrítica para ver en qué fallaste. A veces puede ser que justo te tocó gente ortiva, o puede ser una combinación, que uno salió medio acelerado o que no se conectó con su material. Al no ser un chiste, vos acá tenés que conectarte con lo que estás diciendo.

El stand up fue importado de Estados Unidos y ni bien arribó a la Argentina, a partir del 2002, se puso de moda. A pesar de esto, Camiser asegura que “el stand up también es conocido como monólogo de humor y los monólogos existen desde hace millones de años, acá tenés a Antonio Gasalla, Enrique Pinti y Tato Bores”. “Quizás la diferencia es que en Argentina los monólogos históricamente tenían un tinte político y eran más en forma de relato. El stand up tiene una estructura de armado de chiste, de premisa y remate. No podés estar más de dos minutos contando algo sin que haya un remato o algo gracioso. En el monólogo te podés dar el lujo de que haya un relato”, agrega.

Vos también hiciste teatro, ¿qué diferencias encontrás con el stand up?

Siempre hubo una disputa histórica entre el teatro y el stand up, es la misma disputa entre el profe de Educación Física y el personal trainner. El profe de Educación Física estudia 4 o 6 años y el personal trainner hace un curso de un año. Hay un debate histórico entre el standupero, que es un pibe que estudió un año y que se sube a un escenario, y el actor, que quizás la viene remando hace 6 años estudiando y está en el under, sin desmerecer, haciendo una obra para los amigos y que una persona que estudia un año está en el Paseo La Plaza  con su show a sala llena. Esa disputa creo que va a estar siempre. Creo que hay que mirarlo como algo más integral, como un complemento. Yo en mi monólogo también hago la interpretación de mi texto y trato de diferenciarme. Hay gente que te cuenta la situación, yo lo que intento es generar esa situación. El stadaupero debe formarse también como actor para poder explotar su potencial al máximo,  todo está guionado pero la idea es que salga lo más natural posible, que parezca como la primera vez que lo decís. Entonces para eso tiene que estar bien interpretado. Lo importante no es ser gracioso, sino decir las cosas con gracia,

¿Cuál es la diferencia?

Yo no sé contar chistes. Pero sí con los años uno va encontrando un estado de gracia y el cómo  dice las cosas, de una manera graciosa. Lo que causa gracia no es lo que estoy diciendo sino cómo lo estoy diciendo, las caras que pongo, la manera en que lo interpreto. Puede que el stand up haya tenido tanto recibimiento en el público por hablar de anécdotas de personas comunes y corrientes inmersas en un mundo que cada vez incita más a mostrar y contar la intimidad. Creo que el stand up se puso tan de moda porque habla de lo que nos pasa a todos. La gente se siente identificada porque ve que no es la única a la que le pasan ciertas cosas. Pienso que a partir de desdramatizar los problemas que pasan a diario y, por un rato, olvidarse o, al revés, recordarlos pero de manera graciosa, las personas se sienten mejor. La clave está en que la gente se siente identificada y quiera pasarla bien, siempre a un bajo precio.

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